Hablar de salud mental, no es solo hablar de enfermedad o trastorno mental, sino más bien de la importancia de la promoción de una vida basada en hábitos saludables: un equilibro en el desarrollo de cualidades de adaptación e interacción social, capacidades de adaptación al cambio, resilencia, asertividad, y así encontrar el sentido propio a la vida. Para poder tener salud mental, son factores claves una vida de inclusión social, la plena participación en la comunidad y el desarrollo de las capacidades de las personas, de quienes son y quienes quieren ser.
El concepto de salud mental esta rodeado de tabúes, mitos, estigmas y discriminación que dificultan la comprensión de que la enfermedad es parte de los seres humanos; ya sea física o mental y que pertenece a su realidad. El Estado debe garantizar proveer alternativas que consigan integrar el servicio y atención en salud, el apoyo comunitario y la conciencia social; así, se reduciría la vulnerabilidad que presentan las personas que sufren una enfermedad mental, como aquellas que pudieran padecerlo. Ahora bien, no siempre el Estado garantiza ese derecho universal. El Estado somos todos y todas, por lo tanto es importante entender que a mayor nivel de empoderamiento social, mayor presión se ejerce para que el Estado sea garante de los servicios, responda a las demandas ciudadanas, canalizadas a través del ejercicio democrático.
En su Informe sobre salud mental del 2001, el mensaje de la OMS es muy sencillo: la salud mental – a la que durante demasiado tiempo no se ha prestado la atención que merece – es fundamental para el bienestar general de las personas, de las sociedades y de los países, y es preciso abordarla en todo el mundo desde una nueva perspectiva.
Según estimaciones preliminares, actualmente hay 450 millones de personas que padecen trastornos mentales o neurológicos, o que tienen problemas psicosociales, como los relacionados con el alcohol y el uso indebido de drogas. Muchas de esas personas sufren en silencio. Muchas están solas. Más allá del sufrimiento y de la falta de atención están las fronteras de la estigmatización, la vergüenza, la exclusión y, con más frecuencia de lo que queremos reconocer, la muerte.
La depresión grave es hoy la causa principal de discapacidad a nivel mundial, y la cuarta de las diez causas principales de la carga de morbilidad a nivel mundial. Si las proyecciones son correctas, en un plazo de 20 años la depresión se convertirán en la segunda de esas causas.
En el mundo hay 70 millones de personas dependientes del alcohol. Unos 50 millones padecen epilepsia, y otros 24 millones esquizofrenia. Cada año, un millón de personas se suicidan y entre 10 y 20 millones intentan hacerlo. Son muy pocas las familias en las que se desconocen los trastornos mentales. Una de cada cuatro personas padece un trastorno mental en alguna etapa de su vida. (OMS: 2001, p.9).
Se ha estimado que en 1990, los trastornos mentales y neurológicos eran responsables del 10% de los AVAD (Años de vida ajustados en función de la discapacidad.) totales perdidos por todas las enfermedades y lesiones. En el año 2000 ese porcentaje había aumentado al 12% y se prevé que llegará hasta el 15% en el 2020. (OMS: 2001, p.19). Los problemas de salud mental constituyen un factor importante de la carga de morbilidad, tienen enormes costos económicos y sociales y producen sufrimiento humano.
Frente a esta realidad, solo queda preguntarnos, ¿qué sucede cuando discriminamos a alguien por su condición de salud? Nos cuesta comprender que los problemas de salud mental son parte de la naturaleza humana, que requieren un tratamiento específico: pero que de ninguna manera pueden despojar a una persona de sus derechos civiles, políticos y sociales, de su derecho a ser feliz y vivir la vida que desea. Cuesta pasar de la percepción de loco o loca, a ver todos y todas como ciudadanos.
Como dijo la Dra. Harlem, ex Directora General de la OMS en el 2001, “la enfermedad mental no es un fracaso personal, ni es algo que solo le suceda a los demás, no existe justificación alguna para excluir de nuestras comunidades a las personas que padecen enfermedades mentales o trastornos cerebrales: hay sitio para todos”. (OMS: 2001, p.9)
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