jueves, 6 de mayo de 2010


A veces cuestiono mis reflexiones, preguntándome si es que soy muy ingenua o digo lo que pienso en mis escritos como una forma de desahogar la frustración que a veces dar ver donde estamos. Ver a tantos en la calle, sobre todo niños, niñas, adolescentes, cualquier que sea el motivo, están en la calle, en el peligro, en la más alta vulnerabilidad y algo que ciertamente no merecen. Ver los abusos de poder o la manipulación de un concepto tan alto como la democracia y la identidad de un pueblo, que está sediento de oportunidades básicas y sostenibles, como educación y salud de calidad. Ver la inseguridad con que andamos en la calle, e incluso en la vida, sin saber que será del futuro, incluso de aquellos que hemos tratado de prepararnos y estudiar. Ver los precios subir, subir y subir al estándar de un país desarrollado, cuando seguimos en los zapatos de un país desigual y mezquino.

Y se que hay futuro, pero la pregunta es, si hay para todos y todas los que trabajamos, nos levantamos cada día bien temprano a construirlo y sembrarlo para que nuestras generaciones disfruten de nuestras playas, parques y de crecer en una isla hermosa y cálida como sus aguas. ¿Será suficiente?

¿Qué nos queda como país? Ganar conciencia de nuestros derechos y exigirlos, seguir preparándonos y ser mejores ciudadanos desde cualquier trabajo que tengamos, sanar el concepto de gobierno y política, valorar lo que tenemos como un gran regalo, y ante todo, no negociar nuestra dignidad que fue pagada con la sangre de muchos mártires que si creían en el mayor sacrificio por una identidad pura y libre.

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